El mundo de las hadas está lleno de símbolos: flores que atraen su presencia, colores que representan su esencia, elementos naturales que actúan como puentes entre mundos. Conocer este lenguaje es acercarse a su reino. Aquí exploramos los significados ocultos tras el simbolismo feérico.

Flores asociadas a las hadas
Las campanillas (y su pariente cercana, la campanilla de las hadas) son quizá las flores más feéricas. En Inglaterra y Escocia se dice que marcan el camino al reino feérico. Pisar una alfombra de campanillas era arriesgarse a perderse para siempre—o a ser llevado por senderos equivocados por la música de las hadas. En algunas regiones, hacer sonar las campanillas se creía que convocaba a las hadas—o a la muerte. La forma delicada y caída de la flor y su preferencia por la sombra del bosque la vinculaban a lo oculto, lo misterioso.
El trébol de cuatro hojas protege contra el hechizo feérico y, en muchas tradiciones, concede la capacidad de verlas. El trébol de tres hojas era sagrado para los druidas; la rara cuarta hoja se creía que rompía cualquier hechizo feérico y revelaba la verdadera naturaleza de las cosas. Llevar uno era una garantía contra ser extraviado o hechizado por el glamour.
Las prímulas y las primaveras eran conocidas como "llaves de hadas" o "llaves del cielo"—se creía que abrían las puertas al reino invisible. Plantarlas cerca de la casa invitaba a hadas benevolentes. Florecen a principios de primavera, cuando se dice que el velo entre mundos es más fino.
Las setas y hongos, especialmente la amanita muscaria con su sombrero rojo y manchas blancas, han estado ligados a estados alterados y viajes al Otro Mundo. Los anillos de hadas—círculos de setas—se forman donde se dice que bailaron las hadas. En algunas culturas, ciertos hongos se usaban en rituales chamánicos para "viajar" al reino feérico.
Colores feéricos
Los colores tienen significado en el simbolismo feérico:
- Verde es el color del reino feérico por excelencia—de bosques, praderas y el mundo en crecimiento. Las hadas de la tierra y las plantas se representan a menudo en verde. Significa vida, fertilidad y lo salvaje.
- Lavanda y violeta son los colores del crepúsculo, cuando las hadas están más activas. Representan el misterio, la magia y el adelgazamiento del velo. Titania y otras hadas reales se muestran a menudo en estos tonos.
- Blanco plateado evoca la luz de la luna, la pureza y las hadas de luz. Se asocia con la benevolencia, con el "pueblo bueno" más que con las hadas oscuras.
- Dorado sugiere el polvo de hadas, la transformación y los dones del reino. El oro es lo que guarda el leprechaun; es el color de los tesoros que aguardan a quienes complacen a las hadas.
Elementos de protección
El folklore está lleno de formas de protegerse de la influencia feérica hostil:
El hierro, especialmente en forma de herradura, llave o tijeras, se dice que repele a las hadas. El hierro frío las quema o les impide el paso. Esto puede reflejar la asociación de las hadas con un mundo anterior a la Edad del Hierro—seres de los antiguos pueblos que usaban bronce.
Las campanas tienen un poder ambiguo: en algunas tradiciones ahuyentan a las hadas; en otras las convocan. Se creía que las campanas de iglesia dispersaban a las huestes feéricas. Pequeñas campanas cosidas en la ropa de los niños podían protegerlos del rapto.
La sal en los umbrales y alrededor de la casa crea una barrera. La sal purifica y repele; es lo opuesto al elemento de las hadas, que a menudo se vincula a lo húmedo, lo salvaje, lo inexplorado.
La hierba de San Juan y el serbal (fresno de montaña) se colgaban sobre las puertas para mantener a raya las travesuras feéricas. El serbal era especialmente poderoso—"serbal e hilo rojo hacen que las brujas pierdan velocidad."
Atraer la benevolencia de las hadas
Así como hay protecciones, hay formas de invitar el favor feérico. La leche, el pan, la miel y la nata dejadas como ofrendas podían ganar la amistad de las hadas. Una casa limpia y una actitud respetuosa ayudaban. En Irlanda se decía que las hadas apreciaban un poco de fuego dejado encendido por la noche. La clave era el respeto—tratar el mundo invisible como real y digno de consideración.